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martes, 24 de diciembre de 2013

Moscatel y rosquillas


   
     Atardecía y a María le empezaba a invadir el temor por el estado de su cuerpo. No lo aparentaba, pero José también estaba preocupado. Tenían que llegar a tiempo o no encontrarían nada abierto. Y así fue. Por las horas que eran, nadie quiso hacerse cargo de aquella situación; todos desconfiaron. Yo también lo hubiera hecho muy probablemente. Pero María era especial, José no podía permitir que se sintiese atemorizada. Él tenía un papel muy importante que cumplir aquella noche. No sabía qué decir, ni sabía qué hacer en esos momentos de extrema dificultad. ¿Cuáles eran las palabras que tantas veces imaginó decirle a María? José por dentro se lamentaba de no haber memorizado aquella retahíla de enamoradas palabras con las que siempre se dormía pensando en María. Qué bien que le vendrían en estos momentos para animar y tranquilizar a María… Pero la magia de aquella noche le ayudó, no con las palabras, sino con el corazón. Toda la energía de la Tierra se concentró en aquella unidad y hasta el punto que les llegó a cambiar la respiración. Qué poderosa es la energía del amor... José abrazó a María, de manera que pudieran ver el mayor pedazo de cielo, el cual esa noche era el más hermoso de toda la eternidad. Las estrellas parecían haberse colocado en la cúpula como para acoger y cobijar a la asustada pareja. El viento cesó; María no estaba bien, pero ya estaba tranquila. José y las estrellas le acompañaban. Su salud no era buena. La tensión tan baja le hacía no tener plena consciencia de su entorno, pero era feliz porque esa noche se sentía rica y afortunada, aun no teniendo nada. Ninguno de los dos se acordaba de su hogar desahuciado. Ni José ni María recordaban hipotecas, préstamos, deudas ni vencimientos. Ninguno sentía desdicha por haber sido ayudados por la caridad. Aquella noche no había amargura, y entre los coches no había ruido, sino esperanza. La anemia de María humanizaba a las vecinas, que poco a poco se asomaban conmovidas por la estampa. Algunas de ellas le acercaron, sin mediar palabra, rosquillos y caramelos, y una de ellas un vasito de moscatel, hasta que llegó el SAMUR. Un médico, un DUE y un auxiliar bajaron de la ambulancia, acariciaron a María y le ofrecieron agua glucosada. Le inyectaron una solución de cloruro sódico y le pusieron pomada en sus labios deshidratados. Las luces parpadeantes y el pequeño tumulto hicieron centrar la atención de cualquier punto visible en aquel improvisado campamento que parecía un hermoso escaparate de caridad, pero ninguno de los de aquella estampa era consciente. Todos sintieron compasión. José agradeció con todas las fuerzas de su corazón el cariño de los que miraban, y el aliento de una bombona con oxígeno reconfortó a María. Cuando la ambulancia se marchó, los que allí estaban se miraron y empezaron a hablar entre ellos. Muchos vecinos no se habían hablado nunca, pero comentaban el acontecimiento y se estremecían con ternura con la historia de José y María.

        Al día siguiente hubo vecinas que fueron a comprar moscatel y rosquillas.

miércoles, 25 de julio de 2012

La actitud del buen cristiano


Pues claro que los que formamos parte de la Iglesia deberíamos dar ejemplo. Muchas veces me incomoda más el cómo que el mensaje que la gente quiere dar a entender en diversos campos, y pienso en si esa misma sensación también la tienen hacia mí los que no comparten mis ideas y mis principios. Si bien es verdad que está a la orden del día vocear, descalificar, quedar por encima de los demás... también es verdad que muchas veces no está claro lo que es el bien, cómo se llega a él o cómo nos deberíamos comportar cuando lo practicamos. Soy consciente de que en el caso de la Iglesia lo que más incomoda (a algunos, claro) no es el mensaje que se nos quiere hacer llegar. Ni siquiera creo que incomodan las obras que lleva a cabo la Iglesia. Cierto es que sí que hay gente, colectivos u organismos a los que sí que les gustaría que la Iglesia abandonase su misión. Pero lo que más le incomoda a algún sector de la gente que descalifica no es el mensaje, como digo, sino la actitud, el comportamiento, la forma de llevarlo a cabo, tanto de los responsables de la Iglesia como de los que la integramos, y eso nos lleva a una reflexión.

Los que estamos atentos a las palabras de los curas estamos hartos de escuchar cómo debemos hacer las cosas para hacer el bien y llevar a cabo la palabra de Cristo. Los curas nos dicen que tenemos que compartir, que tenemos que ejercer la caridad, que tenemos que llevar la paz al mundo empezando por los que nos rodean. Nos dicen que tenemos que practicar el perdón de forma tan natural que ni nos demos cuenta de que estamos perdonando. Nos dicen muchas cosas que si las cumpliéramos conseguiríamos poder ver la paz entre todos los hombres. Sería maravilloso. El problema está en que los que nos consideramos católicos muchas veces creemos que somos buenas personas porque estamos de acuerdo con esas palabras, no porque las apliquemos, y ese es el primer error. La paz no se consigue escuchando a la gente hablar de paz y asintiendo. La paz se consigue trabajando, día a día, pensando en cada momento que tenemos que ser consecuentes con aquello con lo que estamos de acuerdo, con los valores de los que probablemente presumimos. No es fácil, claro que no. No es fácil cuando ello requiere que nuestra actitud no sea igual a quien tenemos delante, ni nuestra forma de hablar, ni nuestra forma de mirar, ni siquiera nuestra forma de percibir los estímulos de nuestros sentidos. No es fácil tener templanza con quien nos provoca contínuamente, ni con el vecino que nos pone verdes cada día, ni con quien inyecta la política en nuestras diferencias y crea problemas. No, no es fácil ser buena persona ante estos baches. Ser buena persona se consigue interiorizando cada mensaje, proyectando hacia el futuro la felicidad que se tiene cuando se hacen las cosas bien, estimulando la conciencia. Ser buena persona es no saber que se es buena persona, y no decir que no lo eres, porque la humildad es desconocer tu pobreza, y no el hecho de saber encontrar las palabras  precisas para poder convencerte o convencer a los demás de que eres pobre. Perseguir la compasión y el reconocimiento de los demás ante todo no es una actitud cristiana.

Si le preguntamos a uno de tantos decepcionados con la Iglesia que por qué guardan con cierto desprecio a nuestra comunidad, es muy posible que te respondan que lo que más les repele es que mucha gente va a misa y comulga para tranquilizar su alma y su conciencia, pero luego "en la calle" no son un ejemplo en absoluto de aquello de que presumen. El error del decepcionado es juzgar a los demás, sí, pero los que formamos parte de la comunidad cristiana también tenemos errores. Si obtienes un beneficio ético de la Iglesia, debes ignorar lo que hagan los demás cristianos o si son buenos o malos. Pero por otro lado también es cierto que la Iglesia es comunidad, y necesitamos de esta comunidad para compartir y crecer. Si no estás a gusto con la gente que acude a tu iglesia, pues sentirás que los bancos del templo te son cada vez más incómodos. Eso es una realidad, y la verdad es que es un dilema. Es un dilema porque realmente el que va a la iglesia lo hace porque su corazón está necesitado. Dentro de nuestra imperfección necesitamos de la comunidad para tener el aliento de los demás y sentir que no estamos sólos. Necesitamos ver cómo los demás tropiezan para empatizar con ellos. Ahora bien: a la iglesia no va uno a calentar el asiento. Debemos empezar a tomar que está mal el hecho de ir a la Iglesia sólamente para estar de acuerdo con las palabras que allí se dicen. Un tipo se sube a un escalón y nos habla de perdón, pero mientras guardamos rencor al que tenemos sentado detrás de nosotros. Asentimos con la cabeza y nos decimos: "qué bueno que soy, que sé lo importante que es perdonar..." Por poner otro ejemplo; se nos dice que es mejor para nuestro espíritu dar limosna anónimamente (...que tu mano izquierda no se entere de lo que hace tu mano derecha...) pero realmente me gusta y disfruto sabiendo que el pobre al que le doy limosna ve que YO le he dado esa limosna, y no sólo eso, sino que encima quiero que vea mi cara de seguridad, de satisfacción, de comprensión. Limosna en forma de monedas, cuando el necesitado pagaría con esas mismas monedas por tener 5 minutos de conversación con alguien, reir o contar sus problemas. Pero no, mi dádiva es económica. Doy lo mínimo para decirle a mi conciencia que se calle de una vez; doy dinero. Y encima, para constatar mi supremacía sobre el mendigo le aconsejo que no se lo gaste en droga. Yo no tengo ningún problema y desde mi privilegiada situación puedo aconsejar en qué se tiene que gastar el mendigo MI limosna. Puedo llegar a ser más hipócrita aún y huir de él, con la autocomplacencia de no haberle dado dinero porque creo que probablemente se lo gastaría en drogas. No se, creo que muchos cristianos debemos aprender a dar limosna.



Mayor delito (o no) tienen quienes son los responsables de esta ética, los pastores que nos deben indicar no sólo con palabras, sino con hechos, el camino hacia la plena felicidad. Y haberlos haylos, y de todos los rangos. El verano pasado, en la JMJ tuve la tremenda suerte de asistir a unas catequesis que impartían unos obispos. A nuestro grupo nos tocaron tres obispos. Me emocioné como nunca me he emocionado (hasta el punto que quise estar sólo toda la tarde después de la catequesis para masticar sus palabras) con el obispo de la Diócesis de Oviedo, el monseñor Sanz Montes (franciscano tenía que ser...) Se ciñó con una elegante dialéctica al panorama actual de nuestra sociedad. No sólo me impresionó cómo este obispo tenía los pies en la tierra, sino que encima caminaba igual que caminaría cualquier cristiano, independientemente de su posición en la Iglesia. Abordó con humilde seguridad aquellos temas que nos trajo, y contestó a nuestras dudas con una actitud de afinidad e implicación alucinantes. En cambio, el obispo de Córdoba, de cuyo nombre no me acuerdo (Demetrio no se cuántos) no sabía dar una respuesta a lo que los jóvenes le preguntábamos. Le lanzábamos nuestras inquietudes, y este obispo respondía con una seguridad aplastante cosas que no tenían que ver con nada que no fuera lo que él había dogmatizado para sí mismo, su verdad, con una convicción y firmeza apabullantes. Los temas que este obispo trató junto a nosotros fueron la homosexualidad y el sexo (con una auditoría plagada de teenagers y acné, pues era de esperar) Su opinión acerca de ello poco tenía que ver con lo que en el Youcat se reflejaba (el cual estábamos leyendo simultáneamente muchos de nosotros), y más bien nada tenía que ver con lo que la corriente más realista y racional de la Iglesia piensa sobre ello. Ni la homosexualidad ni el placer del sexo se deberían asumir como lo más normal del mundo, pero tampoco como la mayor de las aberraciones que un ser humano puediera cometer. Tomarlo como ésto último es comprensible si procede del típico cura de la posguerra, con su túnica negra de paño y su sombrero bien calzao (dicho sea de paso que no pongo en tela de juicio muchísimos valores que existían hace 50 años y que desgraciadamente se han ido perdiendo) pero es que entonces las circunstancias eran otras. En cambio la Iglesia evoluciona. Los pensamientos erróneos sobre tantísimos aspectos de nuestro entorno también. Ni la práctica del sexo ni la homosexualidad son malas si no se convierten en vicio, de la misma forma que ocurre con el hecho de comer (que se convierte en gula cuando se hace viciosamente),  o la pereza (hecho de sobredosificar el descanso) Hablar de estos temas es controvertido, pero la Iglesia lo tiene que hacer; es su deber. El Vaticano se puede equivocar, que a nadie se le olvide, pero ya irá evolucionando para ir prudentemente encajando en la sociedad, marcándonos el camino de baldosas amarillas. Ahora se nos indican desde el Vaticano las directrices morales acerca de los temas de actualidad, y a nuestras diócesis llegan las instrucciones de cómo abordarlas. Los ministros de la Iglesia no pueden saltarse esas pautas e intepretarlas como les de la gana. De aquellas catequesis me vine muy reconfortado. Estoy muy emocionado y muy esperanzado al comprobar cómo y cuánto se ha despertado en el obispo de nuestra diócesis, el monseñor Yanguas, el espíritu de la juventud. Estoy seguro de que, si alguien pudiera percibir su discurso como algo rancio y excesivamente profundo, ahora, con la misma profundidad su mensaje entra como el agua, claro y fluído, y creo que gran parte de la culpa la tiene el gran esfuerzo que está haciendo para acercarse al mayor tesoro que tiene la Iglesia; su juventud. Estoy muy orgulloso de nuestro obispo Jose María Yanguas.
La Iglesia, afortunadamente se ha vuelto muy prudente con el tema del sexo o la homosexualidad. Ahora no se demoniza con estos temas porque ya se ha evidenciado que, por ejemplo, el sexo puede complementar la relación de una pareja, e incluso le puede aportar más plenitud y entereza, siempre y cuando no se convierta en vicio o en algo vanal, o se cree una dependencia que degrade la condición ética de cada uno. Con el tema de la homosexualidad todavía hay algo de ambigüedad en los propios responsables mayores de la Iglesia. El éxito principal en este caso radica en que se ha apartado aquel pensamiento de que la homosexualidad es un comportamiento demoníaco, cuyo ejercicio  degrada al indivíduo. Este éxito que la Iglesia está consiguiendo se echa por tierra cuando alguien con autoridad se lo salta, se retrae en el tiempo y lo convierte en algo intolerable, y encima lo hace con unas formas que repelen al ya de por sí un poco desencantado con la Iglesia. Automáticamente ello pasa a ser una bomba contra nuestra propia comunidad: "la Iglesia es homófoba" No sólo pasa esto con los aspectos que he puesto antes, sino con los que tratan acerca de la política, las demás religiones o el ejercicio de las virtudes. Es a través de éstas como realmente se completa la razón de ser de un cristiano. Nuestros obispos y sacerdotes deben adaptar su discurso no para que los cristianos afirmemos, estemos de acuerdo, aplaudamos o admiremos la oratoria de este responsable, sino para convencer, para despertar en el que posiblemente esté equivocado la inquietud por conocer la verdad. Enseñar, educar, evangelizar, ayudar, vivir o aprender resultan más fáciles si se ejerce la humildad, la paciencia, la castidad, la generosidad, la diligencia, la templanza y la caridad. Ser feliz es más sencillo mediante el modelo franciscano, y lo más mágico de esto es que es contagioso. Empezar a ser mejor persona entra por los ojos. Ser buen cristiano creo que no es una disciplina. Pienso que ser un buen cristiano es una actitud.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

El octavo pecado capital, la Vergüenza

Se trata del profundo sentimiento que  experimento al comprobar en mi alrededor lo tremendamente alérgicos que somos a nuestra cultura. Me conmueve ver la falta de respeto a nuestras tradiciones, los atentados a nuestras costumbres y el doble rasero de nuestra "lógica" con la  que medimos su fundamento.
Debo decir que no quiero convertir mi blog en un cubo de basura donde vierto mis preocupaciones y mis desagrados con la sociedad. Lo que pasa es que uno de los motivos que tuve para crear mi blog fue mi indignación con muchos aspectos de mi entorno, y quizás me estoy liberando de ellos demasiado rápido.
Siento indignación cuando me doy cuenta de que los españoles, o ciertos españoles, mejor dicho, estamos adquiriendo malas costumbres. Precisamente una de esas malas costumbres es rehuir de las costumbres, valga la redundancia, de tantas y tantas tradiciones que son emblemas de nuestra cultura. Nos encontramos con que la gente, presumiendo de una laicidad desmesurada (como si España siempre hubiera sido laica, no legislativamente, sino culturalmente...) se escandaliza cuando se pone un Belén en el pasillo de un colegio. Asociaciones de padres desencantados, en uno de tantos arrebatos de protección de sus hijos (protección ante el peligroso y dañino Belén) se enfrentan a su pasado, el cual, en la mayoría de los casos quieren rescatar de las cenizas, pero, eso sí, sólo para unos pocos. Señores: esta tradición de poner el Belén trasciende a lo religioso. Me parece muy bien que se luche en contra de la tauromaquia, porque es manifiesto el daño que se causa a los animales (poco a poco, todo tiene su cauce) Vale, perfecto. Pero que alguien me diga si hay algún niño que pueda estar en peligro poniendo un Belén en el colegio, en las calles o en los comercios. Por favor, hay aquí abajo una casilla de comentarios donde todo el mundo puede dejar su opinión (sin tener que registrarse, por cierto) Que alguien me diga por qué cree que los belenes tienen que ser retirados de los colegios. Mejor dicho. Que alguien me diga por qué se tiene que retirar todo lo que huela a Cristo de nuestra educación. Los belenes son una tradición que está arraigada a nuestra cultura con la suficiente ancestralidad como para que se considere una hermosa costumbre popular nuestra. Pero la laicitis pseudocognitiva a la que, invidentes nosotros, nos zambuyimos sin mirar antes al fondo, nos empuja a dar un puñetazo encima de la mesa y derribar ovejas, pastores, ángeles y lavanderas, a Magos con camellos que se dirigen a honrar a un Niño y a su Sagrada Familia, y ya de paso derribar también a esa Sagrada Familia ¿Os dais cuenta del tremendo error en el que nos sumergimos? ¿Os dais cuenta del caos al que nos dirigimos si tenemos que legislar todas nuestras tradiciones, o definir tan escrupulosamente, negro sobre blanco, cualquier tipo de relación entre nuestro lenguaje, nuestras costumbres, nuestro día a día, y lo "correcto"?
No hay que creer en Cristo, o no hay que estar de acuerdo con el Vaticano para dejarse invadir por un sentimiento cuyo origen radica en la creencia de que el nacimiento de un niño va a ayudar a traer la paz al mundo. Si está mal imponer el Cristianismo, ¿también está mal imponer el laicismo? O mejor dicho, ¿un laicismo radical? Es sólo un ejemplo. Definamos, pues, lo que es laicidad. Según nuestras enciclopedias, "laicismo" significa la separación de una confesión religiosa de la organización de una sociedad. No he visto ninguna definición que diga que laicismo es oponerse a la religión, desear que se cierren las iglesias, exigir que los curas empleen guantes de látex para dar la comunión, suprimir imágenes cristianas de las calles, incentivar el tabú "Cristo" en nuestra educación, evitar que 2 millones de jóvenes se junten a rezar, reír y compartir, y tampoco conozco ningún país laico que comparta la idea de laicismo que hay en nuestro país (excepto Francia, cuya amiga mía asegura que a los funcionarios públicos les obligan a ocultar símbolos religiosos cuando trabajan, como una cruz colgada de una cadena. Bochornoso)
También siento vergüenza cuando veo al sector que presume llamarse "progre" sentir aprensión por ser español. Nunca he visto como ahora a tanta gente a la que le gustaría no serlo. Huyen de la bandera española, huyen de nuestro sistema político, huyen del pueblo, de la ciudad. Huyen de la familia, se avergüenzan de sus lazos familiares, y usar costumbres de antaño es visto como algo entre lo morboso y lo absurdo. No es moderno ir a misa, ni tampoco lo es cantar villancicos. Joaquín Sabina, el más progresista de entre los progresistas dice en una de sus canciones que "el portal de Belén es un zulo virtual, donde en vez de turrón se come un marrón [...]" y eso es ser moderno. La gente adopta esa actitud, se mira al espejo y se dice "...pero qué moderno que soy, qué moderna es mi actitud, qué genuina es mi forma de pensar, qué integrado estoy en la sociedad progresista que piensa mucho y conoce tantísimas cosas, y qué poca fe tengo en lo que no puedo ver ni comprobar. Me voy a Sol a quejarme de algo y así entro en contacto con el resto de mis amigos progresistas, nos regocijamos de lo modernos que somos, fumamos tabaco de liar (dentro de poco dejará de ser moderno porque ya hay mucha gente que fuma tabaco de liar), nos enrollamos con alguien que también sea moderno, republicano, a ser posible, aunque no sepa por qué, y hablamos de irnos en verano a Senegal con una ONG, porque allí hay muchos pobres y necesitan que modernos de un país donde no hay pobres (al menos materialmente) vayan a enseñarles a ponerse un condón y a hablarles de lo malas que son las multinacionales, nos hacemos fotos impactantes con nuestra réflex Canon 60D y las publicamos en nuestro blog de denuncia social mediante nuestro Mac Book. Si pueden salir niños pequeños en las fotos mejor, o militares, o ruinas con un galgo desenfocado, que es muy moderno (la foto inclinada, eso sí)" Siento vergüenza, lo reconozco.
Se prohibe piropear a las chicas, mucho más en el trabajo. En el Congreso existen traductores para todas las lenguas de España porque muchos diputados no quieren hablar español porque no se sienten españoles. Me da vergüenza. Algunos que se hacen llamar "políticos" (por cierto, cobran por ello) pretenden cambiar la historia. Alientan el odio entre las personas por su condición religiosa, por sus tendencias políticas y hasta por la forma de vestir. La gente muerde el anzuelo y sigue a rajatabla esas pautas disuasorias, esas semilla envenenada que germina en la gente fértil y frágil y no en las manos del sembrador. Vocear y quejarse por todo es deporte nacional. La gente propone cosas que se oponen con lo que tienen, pero cuando se aplican las cosas que proponen se protesta, la gente emite juicios (casi siempre de la misma forma que yo, desde las redes sociales y el blog, internet, en general) y se culpabiliza a todo aquel que lleve corbata.
La gente se alimenta de los tópicos, de los rumores del falso periodismo y de las imposiciones que marcan los tipos que tienen el don de la palabra. La Navidad se celebra sólo una vez al año, y una vez al año debemos salir a la calle sin coches porque es "el día sin coches". Existe un "Día para la Mujer Trabajadora", un "Día para los Abuelos", un "Día de la Inmigración" y un "Día sin Tabaco", pero no existe un "Día sin Gilipollas", o un "Día del Sentido Común", o un "Día de Pensar" (bueno, existe una jornada de reflexión cada cuatro años, pero sólo sirve para ir a la Puerta del Sol a ligar) Si en algún rincón de internet salta una noticia que dice que ha habido un abuso de un cura, automáticamente se pone en movimiento un espectacular despliegue de maniobras de difusión que bien tiene la finalidad de desairar y desacreditar a la Iglesia más que la intención de conocer la verdad. Tanto es así que nunca se presta atención a las resoluciones judiciales, que en la inmensa mayoría de los casos se desestiman por falta de pruebas, por demostración de infamias o sencillamente por, en muchos casos, no existir ni siquiera el caso. Donald H. Steier es un periodista americano que ha elaborado un vasto informe de investigación en el cual se prueba la falsedad de las acusaciones que se vierten sobre la Iglesia. Pero el de la Canon y el Mac Book no conoce, no sabe, ignora. Todo el mundo nos creemos conocedores de la verdad, enterados de la vanguardia porque leemos. No es culto el que lee mucho, sino el que lee de todo. Así nos va...

jueves, 22 de diciembre de 2011

viernes, 18 de noviembre de 2011

YouCat, la guía del cristiano del siglo XXI

Este verano, en las Jornadas Mundiales de la Juventud se nos hizo entrega de una mochila con un regalo muy especial que el Papa quiso hacernos. Junto con el Evangelio, una guía de la JMJ, un Magnificat, y varios elementos (un crucifijo, un rosario, un abanico, caramelos...) venía un libro que podía pasar desapercibido, pero que sin duda fue el más interesante de cuantos había dentro. Se trataba del YouCat. No se si YouCat se corresponde con la abreviatura de "Your Catechism", con "Youth Catechism" o con "Young Catechism", pero en cualquier caso el YouCat es un libro, un catecismo dirigido especialmente a la gente jóven despierta. El contenido es muy relevante, ya que diversas personalidades de la Iglesia, obispos y cardenales, cordinados por Benedicto XVI y con ayuda de un grupo de jóvenes, han sintetizado la temática pastoral que está ligada a una juventud católica de lo más normal. La forma es igualmente atractiva, puesto que se presenta mediante "quizzes", es decir, preguntas y respuestas. Más de 500 cuestiones planteadas con una fórmula similar a como se las podría plantear cualquier persona, muy natural, muy instintiva, pero contestadas con una exquisita y elaborada lucidez, claridad y sinceridad. La idea del YouCat, como dice el cardenal Schönborn, "...nace del hecho de que los jóvenes protagonistas de este texto pertenecen ya a una generación para la que ser cristianos es una elección consciente"
El libro está estructurado por temáticas, por bloques, y adicionalmente se presentan a modo de glosario, apuntes en los márgenes sobre citas de personajes ilustres acordes con la temática de cada página, citas bíblicas o pequeñas reflexiones que adornan cada una de las cuestiones.

Tanto la morfología como el planteamiento de este catecismo choca bruscamente con la idea que tenemos en mente de anteriores ediciones de los catecismos. Probablemente tengamos guardados los catecismos que estudiábamos previamente a nuestra primera comunión, libros en los que mediante un lenguaje explícitamente teológico se nos presentaban oraciones y aspectos de la ceremonia propiamente litúrgica. Eso es algo que interesa menos a la juventud. Con el YouCat no, se pretende evitar ese lenguaje, en ningún momento se tiene la sensación de leer como si lo que está escrito estuviese dirigido a una persona culta, seria o indiferente. Realmente, con el YouCat ha habido una fuerte reflexión sobre las necesidades que atañen a los intereses espirituales de una sociedad muy vulnerable a la sobredosis de información en que estamos inmersos, y responde a la demanda de dar perpetuidad a los valores auténticos del Cristianismo. En este trabajo también se ha prestado atención a que el lector sepa dar respuesta a las dudas que se le planteen en su círculo social, puesto que uno de los fundamentos de todos los catecismos es la Evangelización. Resulta complicado concebir que un adolescente sepa responder con un lenguaje técnico y teológico a un amigo que muestre sus inquietudes, por ejemplo, referentes a la relación que hay entre la fe y la ciencia. El YouCat te da una respuesta fiel a las pautas de la Iglesia, pero desde un punto de vista atrevido, adaptado y sincero. No sólo eso. El YouCat aborda temáticas que hasta ahora los responsables de nuestras parroquias no se atrevían a tocar. Así pues, cuestiones como la pornografía, homosexualidad, masturbación, ciencia, internet, resto de religiones... se nos muestran abiertamente, de forma clara y concisa y sin ningún miedo a la crítica. En el prólogo, escrito por Benedicto XVI, se nos invita al debate y a la discusión del YouCat, ya que existe la consciencia de que muchos de los planteamientos que se hayan en el libro son objeto de controversia. Yo reconozco que existen afirmaciones con las que no estoy completamente de acuerdo, y estoy deseando compartirlas con mi comunidad para escuchar otros puntos de vista y poder llegar a una conclusión.

Hay otro aspecto que me ha llamado la atención, y es que me da la impresión de que algunas preguntas han sido formuladas exactamente igual a como las formularía una persona que pretenda provocar al creyente. Seguramente que los que practiqueis el Cristianismo sabéis a lo que me refiero. Son ese tipo de preguntas que llevan un plus de peligroso veneno que van directamente a buscar la zona sensible del cristiano, pero que el cristiano debe saber afontar con madurez, fiel a su fe y a su condición de seguidor de los fundamentos que Cristo nos sugirió. En este catecismo existen preguntas de este tipo. Cuando uno las lee rápidamente les resultan familiares porque nos damos cuenta de que responden a los planteamientos que hace la televisión, internet, la gente que no sabe, la gente que provoca... y francamente dan respuesta a todas ellas con una notable eficacia.

Es una buena herramienta para trabajarla tanto en soledad como en grupo, siendo ésta última una excelente forma de exponer nuestras propias conclusiones sobre el tema que sea. Benedicto XVI es consciente de lo muy productivo que puede resultar el aprendizaje de los fundamentos de nuestra Iglesia si se hace desde la comunidad, y es por ello que nos regala esta guía del cristiano para que la exprimamos hasta la saciedad.

Intentaré utilizar mi blog para traer eventualmente diversas cuestiones que considero algo más críticas, bien sea porque son temas delicados, o porque tengo algún tipo de discrepancia, duda o cuestión que necesito aclarar. De momento tengo previsto asistir, junto a la comunidad jóven cristiana de mi pueblo, a reuniones donde abordaremos aspectos del YouCat. Estaremos jóvenes de diversas edades, desde preadolescentes que desbordan hormonas a granel, adolescentes que atraviesan la etapa del "moto-ratón", jóvenes que empiezan a preguntarse con mayor madurez y profundidad, jóvenes más maduritos, y pre-padres, quizás el último peldaño antes de empezar a ver la vida con otros ojos totalmente diferentes (o eso dicen). Estoy muy impaciente, tanto por conocer más cosas como por contarlas, porque quiero mostrar a los demás las cosas que han servido para alimentar mi alma con la misma ilusión con que yo las he recibido.

Os recomiendo, a quienes no conozcais el libro, que le echéis un vistazo. También se lo recomiendo encarecidamente a quien tenga algún tipo de prejuicio con la Iglesia, porque por una parte, tendrá la más sincera respuesta a sus, posiblemente, acusaciones, y por otra parte, es posible que, si esa persona tiene alguna inquietud espiritual y no encuentra respuestas, quizás quiera compartir su fe con nosotros. No se iba a arrepentir, os lo aseguro.

Más adelante iré planteando diversas cuestiones de este magnífico catecismo. Espero que sirvan

lunes, 14 de noviembre de 2011

Los indignados de agosto. La cruz que llora

La valentía y la cobardía. Indignados e indignos. Hatajo de ignorantes...
Se preveía que el movimiento de los desencantados con el sistema (del Universo) iba a hacer ruido en agosto, cuando Madrid atraviesa su mes más tranquilo y cuando el Sol hace más daño. Algunas pintadas del palo de "Arderéis como en el 36" advertían a unos jóvenes católicos de que, para la ocasión de la JMJ, algunos becerros sin cencerro tratarían de llamar la atención. Lo consiguieron. El movimiento 15-M (sí, sí, el de los "indignados", el mismo que se cuelga la medalla de la tolerancia y el respeto) y otras ciento y pico instituciones, asociaciones y organismos convocaron una concentración paralela al evento buscando claramente la provocación. No es una opinión gratuíta la mía. Lo digo porque en su manifiesto figuraba lo de exigir al Gobierno que aquello no fuese sufragado por las arcas del país, hecho que de antemano sabían que carecía de fundamento. En junio el Bobierno (se que lo he escrito con b, me he confundido, de verdad, lo que pasa es que me lo he pensado y no lo voy a corregir) dijo públicamente que la totalidad del acontecimiento estaba íntegramente financiada por la organización. La mochila de la discordia nos costó 50 euros a cada peregrino, y aunque a muchos les hubiera gustado que no fuera así, la mochila incluía un billete de metro para desplazarse libremente durante los 6 días de las jornadas. El despliegue de seguridad lo paga el Estado, eso sí, pero eso no forma parte del acontecimiento, sino una actuación obligatoria, cuyo despliegue siempre está condicionado por el número de asistentes. Si se juntan 2 millones de jugadores de parchís en una ciudad, independientemente del ruido que produzcan los cubiletes, el despliegue es similar al que tuvo lugar para la Jornada Mundial de la Juventud. Es de cajón.

Una vez que los descencerrados supieron que la laicidad de España funciona viento en popa, no tuvieron argumentos para arremeter contra los católicos. Ni falta que hace. Una ocasión para que el mundo entero sepa que el terrorismo en España no siempre es vasco no se puede dejar pasar así como así. Todos deben ver hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Nadie se sorprende de lo peligrosa que puede llegar a resultar una monja, o una familia con niños pequeños, o el malicioso poder que tiene una masa de jóvenes que rezan vete tú a saber a quién, ¡¡¡a Franco por lo menos...!!! No, no, no... -Todos tienen que saber que los que defendemos la República, las asociaciones de gays y lesbianas, los que somos de izquierdas, los "librepensadores", acostumbramos a reclamar nuestra idea de laicismo de esta manera-, deberán pensar estos insensatos (ya se han recibido, dicho sea de paso, las pertinentes disculpas de los republicanos, homosexuales y laicos que evidentemente discrepan con el modus operandi de estos "indignos"), que todavía no han desarrollado la picaresca de esconder sus acciones a los miles de objetivos que, atónitos, recogían el maravilloso testimonio gráfico. Sí señor.

Pues es una pena.

Como suelo hacer en estos casos, procuro empatizar con el que comete un error. Lo he vuelto a hacer. En este caso creo adivinar que se trata de una masa de cientos de individuos con cientos de circunstancias que comparten un denominador común, el RESENTIMIENTO. ¿Bajo qué realidad actuaría una masa tan rabiosa, tan violenta y tan fuera de sí? ¿Realmente esta gente sentía la provocación de los miles de jóvenes católicos? Uno de los violentos afirma que un grupo de jóvenes peregrinos lo estaban provocando porque ante la manifestación de "indignados" ellos se sentaron y comenzaron a rezar (algo me da que rezaban por ellos). No se. Rezar como atenuante de una provocación....




El poder de la caterva es impresionante. Puede envenenar al indivíduo y crearle una condición de sentirse "miembro", creerse parte de algo. Si hay alguna explicación psicológica que demuestre esto, probablemente haya otra que explique que de ser así, cada indivíduo que arremete contra el indefenso lo hace porque está sólo, porque no tiene nada, porque está vano. El vacío saca lo peor de las personas, y no hay persona expuesta a mayor peligro que la que no tiene nada. Sólo hay una cosa que puede llenar el vacío, la antimateria, lo oscuro, la nada: de todo esto es capaz el odio. El odio es la gangrena que se autoalimenta y se extiende de forma irracional. Es como la fe pero al inverso. El odio se zambuye en el absurdo y no entiende de fundamentos. No sabe leer ni escribir, ni sabe escuchar. El odio es capaz de cambiar hasta la anatomía de las personas, enrojeciendo sus ojos, enervando sus músculos y dilatando sus vasos sanguíneos. Se manifiesta a través de  la boca, neutraliza los oídos. El odio es una autodefensa casi instintiva ante los remordimientos, la infelicidad, la falta de  autorrealización y el fracaso. Hace dirigir la violencia contra el débil, el que no presta atención. Así pues, cuanto más ignoraban los peregrinos a la masa de energúmenos, éstos más se encolerizaban y se envenenaban de sí mismos. Las acusaciones crecían y una vergüenza ajena se quedaba para la eternidad entre el objetivo y la película fotográfica de cada anónimo reportero que presenciaba aquello. ¿Habría algún tipo de reportero en la Vía Dolorosa? ¿Sentiría algo similar el Evangelista cuando en el Gólgota presenciaba la consumación del mal?

Lógica respuesta de los indignos ante las provocaciones de los peregrinos
Si bien aquella masa de peregrinos supondría la cruz de la Iglesia, la tarde del 17 de agosto esa cruz tuvo clavos. Esa tarde la cruz tuvo espinas y clavos, los que atravesaron las manos de la libertad y la dignidad, los que soportarían el peso de los errores de 2 millones de personas y sobre los que penden las debilidades de nuestra razón de ser.

Sin saberlo, los indignados también estaban llamados a las Jornadas. Es posible que Dios los llamase de esta forma. Los vulgares tenían una misión en Sol, y a Dios le han salido las cosas bien. El día 17 de agosto, en Madrid pudimos contemplar toda una aplicación de la oración de San Francisco, la cual pide que yo sea el que sirva amor cuando me ofrezcan odio, y amor fue de lo que se llenaron los bolsillos unas personas que voceaban. La ofensa se canjeó por un perdón sincero en todos los idiomas. Y yo estaba allí. Yo lo ví. Una comitiva presidida por un papamóvil de cartón que portaba un falo repartía condones y discordia, y una tempestad de unión cristiana barrió la ignorancia como un tsunami de cánticos y de alegría, y la alegría se contagió ante la enfermedad de la desesperación. La fe que desfilaba entre paseíllos de dudas es el regalo que todavía queda tatuado en las pupilas de los que estábamos allí, incluídos los que no veían, y miles de almas que se sentaron en el suelo consiguieron ser iluminados por la luz que alumbra el orgullo de vivir en la fe de Cristo. Ese sentimiento realmente me hizo consolar al que estaba asustado, y no ser consolado, comprender y no ser comprendido, y amar como respuesta a la ausencia de amor. Sí, San Francisco estaba allí. No me cabe ninguna duda de que era Asís quien iluminaba Sol. San Francisco estaba allí... Quizás fuese uno de aquellos policías, contemplativo e imparcial ante el espectáculo, paciente, templado y guardián, tanto de unos como de otros. Tal vez.

Sea como fuere, cada uno de los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud atesoramos aquellos días como de los más maravillosos de nuestras vidas. Todo tiene sentido. Pues claro que tenemos la certeza de que justo en frente de nuestras narices se encuentra la verdad... Nunca me he sentido tan orgulloso de sentirme cristiano. Si es verdad que nunca antes los clavos han escocido tanto para mí, tampoco nunca antes he sentido tanta dicha de ser parte de la cruz sobre la que descansa la fe de tantísimas personas.



jueves, 10 de noviembre de 2011

El peso específico de la ignorancia

Este es mi primer post, y me he animado a escribirlo porque me hierve la sangre. Cada vez que veo más elementos en mi correo, en mi facebook, por la calle, por los medios, que increpan sin consideración contra la gente que comparte sus creencias religiosas a través de la Iglesia Católica me hierve la sangre. Sé que no es algo nuevo, por supuesto que no, pero no puedo dejar de indignarme, más si cabe cuando compruebo que los ataques son proporcionalmente más violentos cuanta más ignorancia habita en quien lo firma.

Lejos de pretender mostrar a la Iglesia como el símbolo de la perfección, sí que tengo una inquietud para poner mi grano de arena y ayudar a consolidar los principios que defiende mi comunidad. Estoy muy cansado de intentar responder con el razonamiento al decepcionado con la Iglesia que emplea el ataque y el insulto, pero hay tantas veces que pienso que es tan inútil... Pienso que es inútil intentarlo al comprobar la mala leche con que se hacen estas cosas. Cuando en las redes circulan imágenes como ésta, claramente no se pretende  concienciar a nadie de que Dios no existe, de que la Iglesia está equivocada o de que existen errores que se urge corregir. No. Cuando veo imágenes de este tipo, lo que tengo claro es que se quiere dañar. No me preocupa el daño que se pueda causar, claro que no. Nunca me va a herir una imagen como ésta. Más bien lo que a mí me hiere es saber que los responsables de estas tonterías no tienen intención ni de escuchar, ni de aprender ni de llegar a una conclusión. Cuando veo a Wyoming haciendo su espectáculo, hablando para su pestilente (y reducido, por cierto) auditorio, no veo un análisis de los problemas de la Iglesia, no veo una intención de aquel que discrepa y trata de aportar soluciones. Cuando se le ve al muy gañán decir que el Papa encubre actos de pedofilia, tampoco veo que su "profundo estudio" aporte ningún tipo de fundamento. Lo que veo son vómitos arrojadizos basados en la rumorología y diretería a la que nos tienen acostumbrados aquellos "fenómenos" del periodismo que se creen que por tener un programa de vanguardia, un periódico virtual, o por conseguir un triste espacio en una triste revista pueden pensar que lo son, porque yo, sin ser periodista, conozco la regla de oro que separa al que lo es y al que no lo es. Precisamente ese toque de distinción es poder aportar pruebas sólidas para demostrar que lo que dices tiene una base empírica. Si no es así, te arriesgas a que te llamen pintamonas, ignorante o simplemente que te digan que eres un gilipollas.

Conozco de cerca la obra de Ratzinger. Conozco su forma de actuar, su forma de pensar y por dónde apunta su labor como corresponsable de la educación moral de algo más de 1.000.000.000 de personas. He de decir que en ningún escrito de Ratzinger aprecio otra cosa que no sea una sabiduría, madurez y palabras que me han cambiado la forma de comprender algunos conceptos. Ya hablaremos de ello. No veo referencias al nazismo, a la pederastia, apologías al poder, a la riqueza... Conozco también no sólo su obra editorial, sino los problemas que ha tenido que lidiar en su vida, las falsas acusaciones que ha soportado, las denuncias a las que se ha enfrentado (todas falsas) y conozco también la forma que tiene para dirigirse a quien le quiere escuchar, pero que la gente no comenta, pasa desapercibida. Sí que hay datos que muestran la postura que tiene el Papa ante los actos de que le acusa la masa de la ignorancia, y muchos (Carta del Papa a la Iglesia de Irlanda) Curiosamente todos ellos han sido denunciados en oleada a partir del año 2.002. Me llama la atención que tantas acciones, la mayoría, y dado lo complicado de la cuestión, muy difíciles de demostrar, hayan visto la luz tan de repente, emergiendo como setas, y en diócesis tan conflictivas como la de Dublín (sin negar con ello que en el seno de la Iglesia haya moho. Claro que lo hay, y es responsabilidad de todos limpiarlo, no recrearse, y mucho menos cuando la finalidad es... bueno, la verdad es que no sé cuál es la finalidad de recrearse en los errores de la Iglesia...) Pero a nadie de éstos he oído hacer un balance proporcional de la labor que la Iglesia lleva a cabo para solucionar y aliviar precisamente esos problemas. Sólo se escucha una voz envenenada obsesionada con lo material y con la estética. Recurso fácil. Puede ser cierto que la pompa que los protocolos vaticanos aplican en sus actos no ayude a comprender el mensaje de la Iglesia. Lo entiendo. Yo no necesito ese protocolo. Pero también es verdad que la mayoría de esos elementos que tanto se prestan a ser objetos de crítica forman parte de un legado litúrgico que también identifica a la Iglesia. Posiblemente las cosas cambien con el tiempo, me niego a ser tan retrógrado como a algunos les gustaría. La Iglesia necesita manejar todo tipo de instrumentos para llevar su mensaje a cualquier raciocinio, incluída la corte, el atuendo, el conjunto de elementos para muchos incompatibles con los fundamentos de nuestros pilares, pero lo que tenemos que hacer es saber interpretar estos modos que a muchos les parecen incomprensibles como símbolos que hasta hace muy poco tiempo la masa de gente necesitaba para vestir no a su liturgia, sino a su fe. Tengamos en cuenta que la fe es muy distinta en las personas, en las culturas y en las regiones, y está irrevocablemente condicionada por las circunstancias de todas ellas. Sí, Jesucristo no lucía esas galas. Sus apóstoles tampoco. No obstante, Jesucristo se dejó ungir por el perfume de María Magdalena, porque aquello fue lo mejor que ella tenía para honrarle, y hubo gente que no comprendió el gesto. Para María Magdalena se trataba de un símbolo de honor y de cambio, pues a partir de aquel momento su alma dió un vuelco, siguió a Jesús y sintió la felicidad propia de saber que iba por el buen camino hacia la verdad. Ahora, los curas, obispos y papas representan a Cristo y a los apóstoles, y yo puedo interpretar como un símbolo el hecho de engalanarlos con ese postín. Repito, yo no lo necesito, pero lo comprendo. De la misma forma repito que es posible que las cosas cambien. Hay quien se aventura a llevar su ignorancia más lejos, y al igual que Oogie Boogie, escupen gusanos de calumnias y acusaciones, y exigen unos derechos ante unas irreverencias que sólo existen en sus imaginaciones. -"¡Vender sus tesoros! Para acabar con tanta hipocresía la Iglesia debe vender todo el arte que mantiene"-. Olé. ¿Recordáis la fotografía tan famosa que se tomó en la JMJ de este verano? Corresponde a las increpancias contra los jóvenes católicos por parte de los que se hacían llamar "indignados", y que aprovecharon el evento para "expresarse" en la Puerta del Sol de Madrid. De la misma manera y con el mismo semblante que este tipo de azul, yo imagino a los 2,5 millones de personas que suscriben el grupo de facebook que se llama "Cambio tesoros del Vaticano por comida para África, ¿te apuntas?" Gente que desde el sofá de sus casas exigen a la institución que mayor obra social lleva a cabo en el planeta que venda sus riquezas. Gente que, por lo que yo sé (conozco a muchas personas que simpatizan en ese grupo) no han formado parte en su vida de ninguna acción de voluntariado, gente a la que yo no he visto dar limosna (pero que sí que he visto NO dar limosna. No quiero juzgarlos. Sólo me defiendo comparando) Gente que es ajena a los problemas de los desfavorecidos, y que en un pequeño arrebato de su conciencia, y víctimas de su misma rabia, sepultan su dignidad en la centésima de segundo que tardan en oprimir el botón de "me gusta", confundiendo lo que creen que les une a 2,5 millones de personas anticatólicas, con un camino "campo a través" rumbo al País de la Ignorancia. ¿Alguien ha pedido al Museo del Prado que venda su pinacoteca para destinarla a la obra social? No, porque es inconcebible. ¿Alguien ha solicitado que su país no se gaste dinero en educación o sanidad para derivarlo a los países pobres? No se yo... ¿Alguien de esos 2,5 millones de personas ha vendido todo su patrimonio para ayudar a los demás? Mucho me temo que no. A pesar de tanta gente envenenada, no faltan los que se hacen miembros del grupo para poder opinar y decir que el Vaticano (comisario de la mayor colección de arte del mundo), aunque vendiera todo lo que atesora, podría apaciguar las necesidades del tercer mundo tan sólo durante unos días, o recordarles las miles de instituciones que mantiene la Iglesia en el tercer mundo que se ocupan del hambre, del enfermo, del despistado, del confundido y del que sufre. Pero eso es algo en lo que no interesa pararse a pensar. Para esa gente el arte no vale nada. Nunca verán las obras de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, el Códice Calixtino (que por otra parte, ya les vale...), la arquitectura de los templos o la imaginería de Semana Santa de la que tanto presumimos, como el legado histórico y antropológico tan importante que se nos ha encomendado cuidar. No. Donde unos ven arte, otros ven dinero. Donde unos entienden educación, otros conciben la guerra. Donde unos ven esperanza, otros ven pasado. Y eso es precisamente lo que me duele, que son esas las actitudes que demuestran la intención de herir y no la de construir. No lo puedo evitar. Me hierve la sangre cuando compruebo el valor del peso específico de la ignorancia...